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OBSESIÓN

24 giu
Tempo di lettura: 8 min

Aggiornamento: 2 ott


Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

Jorge Luis Borges


Esta historia se ve aún mejor en su formato original — con imágenes y diseño integrado. [Ver versión completa]


Hay palabras que utilizamos tanto que dejan de sorprendernos. Obsesión es una de ellas.

Decimos que estamos obsesionados con una canción, con una persona, con una película, con una idea. Lo decimos casi sin pensar. La palabra se vuelve cotidiana y ligera, pero durante siglos estuvo relacionada con algo mucho más inquietante: una idea que se instala en la mente y parece adquirir una fuerza propia.

Durante el siglo XIX, los médicos empezaron a buscar un nombre para explicar esto. Se habló de monomanía: una persona podía conservar su lucidez y, al mismo tiempo, quedar atrapada en una sola preocupación. La locura comenzó también a convertirse en algo que podía observarse, describirse, incluso retratarse. Los rostros de los pacientes de la Salpêtrière, los retratos de Théodore Géricault, forman parte de ese momento en que la medicina y el arte empezaron a mirarse de cerca.

Después llegaron otras palabras. Pierre Janet estudió ese pensamiento que insiste, esa dificultad para desprenderse de una idea o detener un acto. Freud buscó lo que podía esconderse detrás de aquello que la voluntad no conseguía dominar, en esa parte de nosotros que trabaja en silencio y que no siempre sabemos escuchar.

Mientras la medicina intentaba comprender cuándo una idea se convierte en una fuerza que nos domina, el arte llevaba siglos explorando algo parecido.

Un artista puede pasar años dibujando el mismo animal una y otra vez, retratando el mismo rostro. Puede volver durante décadas a una misma forma, como si en algún momento fuera a aparecer algo que la primera vez todavía no estaba allí. Esa concentración en un único elemento o idea no siempre es parte de un estudio formal.

Y entonces sucede algo curioso. Lo que en una persona puede preocuparnos, frente a una obra puede fascinarnos. Una repetición que en la vida cotidiana nos haría preguntarnos qué está pasando puede, dentro de un museo, parecernos misteriosa, espiritual o bella. ¿En qué momento cambia nuestro modo de verlo?

Quizás simplemente cambia la persona que tenemos delante. Ya no vemos solamente a alguien que repite. Vemos a un artista, una obra. Vemos una historia que ha sobrevivido al tiempo y que ahora llega hasta nosotros convertida en imagen. Porque el tiempo que nos separa de lo que vemos, nos da una mirada más metódica.  

Pero la historia del arte ha tenido siempre una tentación peligrosa: mirar la vida para explicar la obra.

La enfermedad, el deseo, las pérdidas, las manías, los hábitos. Todo puede convertirse en una llave. A veces abre una puerta. Otras veces termina cerrando todas las demás.

Una obra puede nacer de una experiencia dolorosa sin quedar reducida a ella o conservar la huella de una enfermedad sin ser solamente su síntoma. Puede surgir de una creencia que hoy nos parece extraña y, aun así, producir una imagen que nos resulta profundamente cercana.

Las obsesiones son difíciles de analizar porque no todas son iguales. Algunas producen sufrimiento, angustia, pérdida de control. Otras encuentran en la repetición una disciplina, un ritual, una forma de concentración. Hay artistas que vuelven a una imagen porque no consiguen abandonarla. Otros porque todavía no han terminado de comprenderla. Y a veces resulta imposible saber dónde termina una cosa y empieza la otra.

Pienso en Emma Hauck, escribiendo una y otra vez a su marido hasta convertir las palabras en una superficie casi ilegible pero estética. En Georgiana Houghton, traduciendo en papel formas y colores que entendía como mensajes del mundo espiritual. En Alexej von Jawlensky, reduciendo el rostro hasta convertirlo en una especie de mantra. En Oskar Kokoschka, intentando hacer material la ausencia insostenible de Alma Mahler. En Louis Wain, dibujando gatos durante años hasta transformar por completo la manera de verlos.

Cinco artistas. Cinco historias muy diferentes, que al reunirlas nos permite ver algo que quizá desaparece cuando hablamos de la obsesión solamente como una categoría: la enorme variedad de formas que puede adoptar una misma necesidad humana de volver.

Quizás ahí empieza a cambiar mi manera de pensar este tema. Ya no como una palabra que pertenece solamente a la medicina, ni como una característica que podamos atribuir a un artista desde afuera. Me interesa como una forma de relación con aquello que no conseguimos agotar.

Una imagen puede tener cien años y seguir hablándonos con una familiaridad inesperada. Una pregunta que alguien intentó resolver mucho antes que nosotros, puede reaparecer en otro momento y encontrar un lugar en nuestra propia experiencia.

Hay una idea antigua que dice que toda la cultura humana es en realidad una sola memoria compartida, donde las imágenes no nacen y mueren sino que reaparecen transformadas a través del tiempo. Que cuando un artista encuentra una imagen que lo obsesiona, no la está inventando del todo: está reconociendo algo que ya existía, que esperaba ser visto de nuevo. No es una idea mística. Es casi lo contrario: es la observación muy concreta de que los seres humanos, en distintos siglos y distintos continentes, siguen haciéndose las mismas preguntas con nuevas herramientas. Lo que vuelve de una época a otra es una experiencia humana que encuentra nuevas maneras de expresarse.

Quizás sea esa una de las razones por las que seguimos mirando el arte del pasado: porque algunas cosas que pertenecen a otros siglos todavía consiguen decirnos algo sobre nosotros y se replantea en lo que hoy consideramos arte contemporáneo.

Esta publicación no es un manual de historia del arte. No pretende explicar movimientos ni clasificar estilos. Es una invitación a mirar de cerca cinco vidas que eligieron — o fueron elegidas por — una obsesión particular. Y a preguntarse, al terminar, si nosotros también tenemos la nuestra.

Porque casi siempre la tenemos. Esa cosa a la que volvemos sin poder explicar del todo por qué. Esa pregunta que no nos abandonó. Esa imagen que, por alguna razón que no termina de ser racional, nos parece que todavía no hemos visto del todo. Alguien puede pasar una vida entera intentando comprender una imagen, una persona, una palabra o una idea. Nosotros llegamos mucho después, cuando la historia ya terminó, y la encontramos convertida en una obra. La miramos. Y por un instante, la pregunta vuelve a ser nuestra.


Los gatos

El arte puede infiltrarse en la sociedad, transformar percepciones y cambiar ideas, muchas veces sin proponérselo. Louis Wain fue el artista que cambió para siempre la forma en que miramos a los gatos. Y todo comenzó por amor.

Su obsesión nace en una casa pequeña de Londres, en los años 1880. La época victoriana tenía una habilidad particular: convertir los sentimientos en problemas. El progreso era una religión, la moral una armadura, y el deseo — cualquier deseo que se saliera del molde — una pequeña anomalía que convenía no nombrar demasiado. Louis tiene poco más de veinte años cuando se enamora de Emily Richardson, la institutriz de sus hermanas. Ella es diez años mayor: suficiente para convertir ese amor en algo que la sociedad mira de reojo. Se casan igual. Son felices hasta que Emily desarrolla un cáncer de mama.

La escena que viene después aparece repetida en muchas biografías, porque es ahí donde su historia como artista toma forma. 

Emily pasa largos períodos en cama.  Louis intenta distraerla. Y en algún momento encuentran un gato callejero blanco y negro al que deciden llamar Peter. Wain empieza a dibujarlo: Peter dormido, Peter mirando una mosca. Emily ríe. Y para él, 

eso era suficiente.

Hay algo que vale la pena detenerse a mirar aquí: Wain no dibuja gatos como símbolos elegantes ni criaturas misteriosas. Los dibuja como personas atrapadas dentro de cuerpos felinos. Con vergüenza, vanidad, nerviosismo, orgullo. Toda la psicología que el siglo victoriano pedía esconder, Wain la proyecta en sus gatos con una precisión casi incómoda. Como si el único lugar donde la humanidad podía mostrarse sin filtro fuera dentro de un animal.

Emily muere en 1887, con apenas treinta años. Peter queda. Y Louis nunca deja de observarlo, de dibujarlo, como si en ese animal intentara retener algo de la felicidad que habían compartido. El duelo, a veces, necesita un objeto donde posarse.

Lo que empieza como un gesto íntimo se convierte con el tiempo en un sistema entero de producción visual. Wain dibuja casi exclusivamente gatos. Miles de gatos. Gatos fumando, leyendo el diario, yendo a bailes, tocando violín, jugando cricket, tomando té, apostando, discutiendo política, peleándose en bares, celebrando Navidad. Inglaterra entera transformada en un universo de cuatro patas.

Cuando The Illustrated London News publica esas imágenes, el éxito es inmediato. Sus ilustraciones circulan en periódicos, libros infantiles, postales y revistas. Wain se vuelve enormemente popular, y muchos historiadores le atribuyen un cambio cultural concreto: haber transformado la percepción pública del gato doméstico en Gran Bretaña. Antes de Wain, el gato era un animal periférico. Después de Wain, era casi un ciudadano. Así funciona el arte cuando se cuela en lo cotidiano: no convence, no argumenta. Simplemente cambia el ángulo desde el que miramos, y un día nos damos cuenta de que ya no podemos ver las cosas como antes.

Pero trabaja de manera casi compulsiva, acepta encargos mal pagados, administra mal el dinero. Es uno de los artistas más reproducidos de Inglaterra y permanece casi siempre endeudado.

Con los años, su salud mental comienza a deteriorarse. Durante mucho tiempo, el tema fue abordado de forma simplificada: "los gatos de Wain muestran el avance de la esquizofrenia". La idea se volvió popular porque algunas de sus imágenes tardías parecen progresivamente más abstractas, saturadas de patrones geométricos y colores eléctricos. Pero la historia real es más compleja y mucho menos ordenada que ese relato casi mítico.

Wain nunca recibió un diagnóstico moderno definitivo. En distintos momentos se habló de esquizofrenia, trastorno del espectro autista, episodios psicóticos y deterioro neurológico. Los registros médicos son fragmentarios. Y muchas de las famosas secuencias de gatos "psicodélicos" ni siquiera están fechadas correctamente: no existe evidencia sólida de que formen una progresión clínica lineal.

Lo que sí sabemos es esto: su comportamiento se volvió errático. Tenía episodios paranoides. Desconfiaba de personas cercanas. Su familia lo internó en 1924. El primer hospital era duro incluso para los estándares de la época, hasta que algunos admiradores descubrieron su situación. La noticia llegó a la prensa. Figuras como H. G. Wells intervinieron. Wain fue trasladado al Bethlem Royal Hospital y después al Napsbury, instituciones más tranquilas, con jardines, y con colonias de gatos reales circulando por el lugar. Allí continuó dibujando.

Y esos dibujos tardíos son fascinantes precisamente porque no encajan en una sola explicación. Algunos parecen mandalas eléctricos. Otros conservan humor. Otros tienen una simetría casi cristalina. Hay imágenes donde el rostro del gato se desarma en mosaicos cromáticos que recuerdan vitrales, textiles orientales o caleidoscopios. Una visión que anticipaba, con décadas de adelanto, lo que más tarde se conocería como psicodelia. Como si la mente, al perder sus bordes, encontrara una forma diferente de ver — más intensa, más fragmentada, pero no necesariamente menos verdadera.

El gato nunca desapareció del todo. Y eso es lo inquietante. La obsesión de Wain no funcionó como una fase temática: funcionó como un idioma completo. Durante más de cuarenta años volvió al mismo animal una y otra vez, hasta deformarlo, humanizarlo, multiplicarlo y convertirlo en un universo entero.

La obsesión no siempre es una patología. A veces es la forma que tiene el amor de no rendirse.

Todo comenzó en una habitación pequeña, junto a una mujer enferma y un gato llamado Peter.


Este es solo el comienzo del recorrido. La publicación completa conecta la obsesión de cinco artistas con el arte contemporáneo — y se pregunta qué significa, hoy, seguir volviendo a la misma imagen.


OBSESIÓN. Cinco artistas modernos, un tema contemporáneo.
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