OBSESIÓN
- 24 giu
- Tempo di lettura: 7 min
Aggiornamento: 2 lug

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Jorge Luis Borges
Esta historia se ve aún mejor en su formato original — con imágenes y diseño integrado. [Ver versión completa]
Hay palabras que usamos todo el tiempo sin pensarlas demasiado. Obsesión es una de ellas. La usamos para hablar de alguien que revisa el teléfono continuamente, de una canción que no podemos sacarnos de la cabeza, de una persona en la que pensamos más de lo que quisiéramos. La usamos como si fuera un exceso, un error, algo que habría que corregir. Pero hay otra manera de interpretarla.
Hay artistas que pasaron décadas volviendo a la misma imagen, al mismo rostro, a la misma montaña, al mismo animal, al mismo jardín. No porque les faltara imaginación. Sino porque habían encontrado algo que la imaginación sola no alcanzaba a agotar. Algo que cada vez que miraban les devolvía una pregunta distinta. Y esa pregunta los obligaba a volver.
Eso es lo que reúne a los cinco artistas de esta publicación. No una época o un estilo. Sino una forma de relacionarse con el trabajo que se parece menos a una carrera y más a una conversación muy larga con algo que no termina de responder.
Louis Wain dibujó gatos durante cuarenta años. Alexej von Jawlensky pintó rostros humanos una y otra vez hasta convertirlos en un ícono casi sagrado. Katsushika Hokusai volvió al Monte Fuji cientos de veces sin repetirse nunca del todo. Séraphine de Senlis cubrió telas enteras de hojas y flores en una acumulación que parecía no poder detenerse. Oskar Kokoschka persiguió a una mujer que ya no estaba, hasta construir con sus propias manos una sustitución imposible.
Cinco historias distintas. Cinco formas distintas de obsesionarse. Y sin embargo, al leerlas juntas, aparece algo que las atraviesa a todas: la convicción de que hay imágenes que no se agotan. Que la repetición no empobrece sino que profundiza. Que volver no es retroceder.
El arte tiene una relación extraña con el tiempo. Una obra del siglo XIX no está realmente en el pasado: puede estar aquí, hablándonos en presente. Basta mirarla con atención para descubrir que aquello que impulsó a esos artistas sigue encontrando nuevas formas de aparecer.
Por eso conviene distinguir dos palabras que a menudo confundimos: moderno y contemporáneo. Lo moderno pertenece a un momento de la historia del arte, con sus rupturas, sus búsquedas y su manera particular de entender el mundo. Lo contemporáneo, en cambio, no depende de una fecha, sino de una capacidad: la de seguir produciendo sentido en el presente. Una obra puede ser plenamente moderna y, al mismo tiempo, profundamente contemporánea si continúa interpelándonos, si todavía encuentra algo nuevo que decirnos. No es el calendario lo que la mantiene viva, sino la intensidad con la que sigue entrando en diálogo con quien la mira.
Lo que Wain entendió sobre el animal como espejo de lo humano reaparece décadas después en otros lenguajes. Lo que Jawlensky buscaba en la repetición como vía espiritual lo encontramos también en artistas que nunca oyeron su nombre. Las obsesiones no mueren con quienes las tuvieron. Circulan. Se alojan. Vuelven.
Hay una idea antigua que dice que toda la cultura humana es en realidad una sola memoria compartida, donde las imágenes no nacen y mueren sino que reaparecen transformadas a través del tiempo. Que cuando un artista encuentra una imagen que lo obsesiona, no la está inventando del todo: está reconociendo algo que ya existía, que esperaba ser visto de nuevo. No es una idea mística. Es casi lo contrario: es la observación muy concreta de que los seres humanos, en distintos siglos y distintos continentes, siguen haciéndose las mismas preguntas con nuevas herramientas.
Esta publicación no es un manual de historia del arte. No pretende explicar movimientos ni clasificar estilos. Es una invitación a mirar de cerca cinco vidas que eligieron — o fueron elegidas por — una sola imagen. Y a preguntarse, al terminar, si nosotros también tenemos la nuestra.
Porque casi siempre la tenemos. Esa cosa a la que volvemos sin poder explicar del todo por qué. Esa pregunta que no nos abandonó. Esa imagen que, por alguna razón que no termina de ser racional, nos parece que todavía no hemos visto del todo.
La obsesión, bien vista, no es un error. Es una forma de atención. La más larga, la más exigente y, a veces, la más honesta que existe.
Los gatos
El arte puede infiltrarse en la sociedad, transformar percepciones y cambiar ideas, muchas veces sin proponérselo. Louis Wain fue el artista que cambió para siempre la forma en que miramos a los gatos. Y todo comenzó por amor.
Su obsesión nace en una casa pequeña de Londres, en los años 1880. La época victoriana tenía una habilidad particular: convertir los sentimientos en problemas. El progreso era una religión, la moral una armadura, y el deseo — cualquier deseo que se saliera del molde — una pequeña anomalía que convenía no nombrar demasiado. Louis tiene poco más de veinte años cuando se enamora de Emily Richardson, la institutriz de sus hermanas. Ella es diez años mayor: suficiente para convertir ese amor en algo que la sociedad mira de reojo. Se casan igual. Son felices hasta que Emily desarrolla un cáncer de mama.
La escena que viene después aparece repetida en muchas biografías, porque es ahí donde su historia como artista toma forma.
Emily pasa largos períodos en cama. Louis intenta distraerla. Y en algún momento encuentran un gato callejero blanco y negro al que deciden llamar Peter. Wain empieza a dibujarlo: Peter dormido, Peter mirando una mosca. Emily ríe. Y para él,
eso era suficiente.
Hay algo que vale la pena detenerse a mirar aquí: Wain no dibuja gatos como símbolos elegantes ni criaturas misteriosas. Los dibuja como personas atrapadas dentro de cuerpos felinos. Con vergüenza, vanidad, nerviosismo, orgullo. Toda la psicología que el siglo victoriano pedía esconder, Wain la proyecta en sus gatos con una precisión casi incómoda. Como si el único lugar donde la humanidad podía mostrarse sin filtro fuera dentro de un animal.
Emily muere en 1887, con apenas treinta años. Peter queda. Y Louis nunca deja de observarlo, de dibujarlo, como si en ese animal intentara retener algo de la felicidad que habían compartido. El duelo, a veces, necesita un objeto donde posarse.
Lo que empieza como un gesto íntimo se convierte con el tiempo en un sistema entero de producción visual. Wain dibuja casi exclusivamente gatos. Miles de gatos. Gatos fumando, leyendo el diario, yendo a bailes, tocando violín, jugando cricket, tomando té, apostando, discutiendo política, peleándose en bares, celebrando Navidad. Inglaterra entera transformada en un universo de cuatro patas.
Cuando The Illustrated London News publica esas imágenes, el éxito es inmediato. Sus ilustraciones circulan en periódicos, libros infantiles, postales y revistas. Wain se vuelve enormemente popular, y muchos historiadores le atribuyen un cambio cultural concreto: haber transformado la percepción pública del gato doméstico en Gran Bretaña. Antes de Wain, el gato era un animal periférico. Después de Wain, era casi un ciudadano. Así funciona el arte cuando se cuela en lo cotidiano: no convence, no argumenta. Simplemente cambia el ángulo desde el que miramos, y un día nos damos cuenta de que ya no podemos ver las cosas como antes.
Pero trabaja de manera casi compulsiva, acepta encargos mal pagados, administra mal el dinero. Es uno de los artistas más reproducidos de Inglaterra y permanece casi siempre endeudado.
Con los años, su salud mental comienza a deteriorarse. Durante mucho tiempo, el tema fue abordado de forma simplificada: "los gatos de Wain muestran el avance de la esquizofrenia". La idea se volvió popular porque algunas de sus imágenes tardías parecen progresivamente más abstractas, saturadas de patrones geométricos y colores eléctricos. Pero la historia real es más compleja y mucho menos ordenada que ese relato casi mítico.
Wain nunca recibió un diagnóstico moderno definitivo. En distintos momentos se habló de esquizofrenia, trastorno del espectro autista, episodios psicóticos y deterioro neurológico. Los registros médicos son fragmentarios. Y muchas de las famosas secuencias de gatos "psicodélicos" ni siquiera están fechadas correctamente: no existe evidencia sólida de que formen una progresión clínica lineal.
Lo que sí sabemos es esto: su comportamiento se volvió errático. Tenía episodios paranoides. Desconfiaba de personas cercanas. Su familia lo internó en 1924. El primer hospital era duro incluso para los estándares de la época, hasta que algunos admiradores descubrieron su situación. La noticia llegó a la prensa. Figuras como H. G. Wells intervinieron. Wain fue trasladado al Bethlem Royal Hospital y después al Napsbury, instituciones más tranquilas, con jardines, y con colonias de gatos reales circulando por el lugar. Allí continuó dibujando.
Y esos dibujos tardíos son fascinantes precisamente porque no encajan en una sola explicación. Algunos parecen mandalas eléctricos. Otros conservan humor. Otros tienen una simetría casi cristalina. Hay imágenes donde el rostro del gato se desarma en mosaicos cromáticos que recuerdan vitrales, textiles orientales o caleidoscopios. Una visión que anticipaba, con décadas de adelanto, lo que más tarde se conocería como psicodelia. Como si la mente, al perder sus bordes, encontrara una forma diferente de ver — más intensa, más fragmentada, pero no necesariamente menos verdadera.
El gato nunca desapareció del todo. Y eso es lo inquietante. La obsesión de Wain no funcionó como una fase temática: funcionó como un idioma completo. Durante más de cuarenta años volvió al mismo animal una y otra vez, hasta deformarlo, humanizarlo, multiplicarlo y convertirlo en un universo entero.
La obsesión no siempre es una patología. A veces es la forma que tiene el amor de no rendirse.
Todo comenzó en una habitación pequeña, junto a una mujer enferma y un gato llamado Peter.
Este es solo el comienzo del recorrido. La publicación completa conecta la obsesión de cinco artistas con el arte contemporáneo — y se pregunta qué significa, hoy, seguir volviendo a la misma imagen.
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